PerspectivasPRO es una publicación de la Dirección de Educación Continua
En los últimos años, una pregunta ha rondado los pasillos de las Escuelas de Traducción, los foros profesionales de traductores y las salas de reuniones de las agencias lingüísticas: ¿le quedan años a esta profesión?
La pregunta es comprensible. Distintas herramientas de inteligencia artificial traducen millones de palabras por segundo, a costo casi cero y hacia decenas de idiomas. Prácticamente, cualquiera con un teléfono tiene acceso a esta tecnología que hace una década habría parecido ciencia ficción.
Y, sin embargo, la respuesta es “sí”. No le quedan «pocos años» a la profesión del traductor. El mercado global de servicios lingüísticos sigue creciendo, y los sectores que más contratarán traductores humanos en 2025 y 2026 son precisamente los de mayor exigencia: el legal, el médico, el financiero y el técnico regulatorio (en todo su alcance y dimensión).
La pregunta correcta no es si los traductores van a desaparecer. La pregunta correcta es: qué tipo de traductor necesita el mercado de hoy.
Sin embargo y, sin descartar todo lo que la IA hace muy bien, hablemos ahora sobre dónde la IA “se queda corta”.
Alcance de la IA: fortalezas y “alucinaciones”
Seamos honestos. La inteligencia artificial ha transformado la industria de la traducción de manera irreversible. Las herramientas de traducción automática neural procesan textos de alto volumen en minutos, reducen costos operativos y permiten a las empresas escalar su comunicación global de forma que antes era impensable. Por ejemplo, según datos de Smartling publicados en enero de 2026 (plataforma de traducción con clientes globales como Shopify y British Airways) el uso de traducción con IA creció un 218% durante 2025 respecto al año anterior. No obstante la evidencia de un dato explosivo como este, la misma industria que celebra esos números también documenta, con creciente preocupación, los límites de esa tecnología.
Existe lo que se llama el “LLM Hallucination Index 2026”. Este índice que mide los errores de fabricación en modelos de lenguaje, identificó que incluso en 2026 una cláusula inventada en un contrato legal, una dosis fabricada en documentación farmacéutica o una advertencia omitida en un manual técnico pueden desencadenar disputas, violaciones regulatorias o incidentes de seguridad graves. Estos no son casos hipotéticos. En octubre de 2025, un informe de Deloitte valorado en 440.000 dólares australianos y entregado al gobierno de ese país contenía fuentes académicas inexistentes y una cita falsa de un fallo judicial, todo generado por soluciones de IA.
Lo que hace particularmente peligroso este tipo de error no es solo que ocurra, sino cómo es que ocurre. Una investigación del MIT publicada en 2025 encontró que los modelos de IA usan lenguaje más seguro y confiado. Por ejemplo, palabras como «definitivamente» o «sin duda», precisamente cuando están generando información incorrecta. La máquina no duda. No advierte. No dice «esto podría estar mal». Y eso, en un documento que va a firmar una persona, a regir un contrato o a orientar una decisión médica, es un problema que ninguna mejora técnica ha resuelto aún.
El valor que ningún modelo puede entrenar
Desde siempre, existe algo que un traductor profesional hace y que ningún sistema de IA hace todavía y eso es hacerse responsable. Cuando un traductor jurado pone su firma y sello en un documento, está diciendo algo que ningún modelo de lenguaje puede decir, y eso es: «yo respondo por esto». Esa responsabilidad no es burocrática. Es la base de la confianza que el mercado deposita en la traducción certificada.
Pero más allá de la certificación formal, existe un valor más sutil y difícil de replicar y esto es la comprensión de la intención comunicativa. Como sabemos los traductores profesionales, como también en formación, traducir no es convertir palabras de un idioma a otro. Es reconstruir, en otro sistema lingüístico y cultural, el efecto que el texto original buscaba producir en su lector. Un contrato no solo debe ser correcto gramaticalmente: debe tener los mismos efectos jurídicos en el sistema legal de destino. Un consentimiento informado no solo debe ser preciso: debe ser comprensible para el paciente que lo va a firmar. Una comunicación corporativa no solo debe estar bien escrita: debe preservar el tono, la jerarquía y la intención estratégica del emisor.
Todo lo anterior, requiere de juicio. Requiere de contexto. Requiere de conocimiento seriamente estudiado o aplicado del entorno cultural, legal y sectorial en que ese texto va a operar. Y requiere, también, la capacidad de decirle al cliente: «esta frase tiene una ambigüedad que puede generarte un problema», o «este término no tiene equivalente directo y aquí están las opciones con sus implicancias». Eso es ser un comunicador asertivo por sobre un conversor de textos.
Lo que el mercado está diciendo de manera clara
Lo comentado no es solo una opinión académica. Las tendencias del mercado confirman esta lectura. Según un análisis publicado en enero de 2026 por el portal especializado Traductores Nativos, la demanda de traductores profesionales no desaparece, pero cambia de forma. Poco a poco se han ido reduciendo los trabajos de traducción de cosas rutinarios y aumentado para servicios especializados de alta complejidad. Los sectores legales, médicos y financieros se encuentran entre los mayores empleadores de traductores humanos en los próximos años, con exigencias crecientes en precisión terminológica, confidencialidad y responsabilidad.
En Chile, este panorama es especialmente relevante. El mercado local de traducción está dominado por profesionales independientes y agencias que trabajan con empresas multinacionales, instituciones públicas y el sector minero que, hasta la fecha, sostiene tiene una demanda sostenida de traducción técnica en pares lingüísticos como chino-español. A eso se suma un nicho completamente nuevo: empresas de tecnología están contratando especialistas en lenguas indígenas, incluido el mapudungun, para entrenar modelos de IA. Es decir, los traductores no solo coexistimos con la inteligencia artificial. En algunos casos, somos quienes le enseña a hablar y operar.
Académicos y docentes, como también nuestro Colegio de Traductores e Intérpretes de Chile (COTICH), no descansan en señalar que mientras más invisible es el trabajo del traductor, mejores resultados ha logrado. No obstante que esto se refiere a la labor del traductor, no debiera extenderse hacia la existencia, el rol y la responsabilidad social, cultural y productiva del traductor mismo.
Nuestra invisibilidad, es decir, el hecho de que una buena traducción no se note, ha dificultado históricamente que el público general comprenda el valor de lo que hacemos como traductores. Paradójicamente, hoy la IA está haciendo ese trabajo de concientización: cuando una empresa recibe un contrato mal traducido por una herramienta automática y tiene que rehacerlo todo, aprende de primera mano por qué existe nuestra profesión.
¿Y qué significa esto para quienes están formándose hoy?
Si estás estudiando traducción o si estás retomando tu formación a través de la Educación Continua, este contexto no debería intimidarte. Debería orientarte.
El mercado no busca traductores que ignoren la IA. Busca traductores que sepan usarla con criterio, que entiendan sus limitaciones, que puedan auditar, orientar y corregir su output y que tengan la especialización sectorial para detectar cuándo algo está técnicamente bien escrito, pero comunicativamente equivocado.
La post-edición de traducción automática (que es el proceso de revisar y corregir traducciones generadas por IA) es ya uno de los servicios de mayor crecimiento en la industria global. Y quien lo ejerce bien necesita saber traducir, no solo corregir estilo.
Las habilidades que el mercado valora hoy, y que ninguna herramienta reemplaza, son las mismas que siempre han definido a un buen traductor: un dominio profundo de los idiomas de trabajo, conocimiento del campo temático de especialización, sensibilidad cultural, rigor ético y la capacidad de comunicarse con claridad con el cliente. A eso se suma, hoy, el manejo competente de herramientas de traducción asistida, memorias de traducción y sistemas de gestión terminológica.
En otras palabras, muy probablemente, no son los traductores los que van a ser reemplazados por la IA. Serán los traductores que saben trabajar con IA los que reemplazarán a quienes no.
Una última reflexión
La inteligencia artificial es una herramienta poderosa. También es una herramienta que fabrica información con absoluta confianza, pero que no siempre comprende la intención de quien escribe, que no puede firmar ni responder o hacerse responsable, y que, muchas veces, no sabe cuándo una frase correcta es, sin embargo, la frase equivocada.
El traductor profesional sí sabe todo eso. Y en un mundo donde la comunicación entre personas, empresas e instituciones tiene consecuencias reales, eso no es un detalle menor. Es la razón por la que esta profesión no solo tiene presente, también mantiene futuro.
Por: Minerva Carrizo, Directora de Educación Continua.